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El conflicto bélico que tuvo lugar en la Península Ibérica entre 1808 y 1814 enfrentó a las potencias aliadas de España, Reino Unido y Portugal contra la Francia de Napoleón, quien tras lograr la abdicación de los reyes de España en Bayona estableció en el trono español a su hermano, José Bonaparte. La respuesta a estas aspiraciones napoleónicas fue el levantamiento de todo el pueblo español frente al mejor ejército europeo de la época, el ejército de Napoleón. Esta contienda, conocida como la guerra de la Independencia, la guerra Peninsular, la guerra de España o la guerra del Francés, implicó una serie de profundos cambios sociales y políticos que condujo a lo que se ha denominado el fin del Antiguo Régimen.

Napoleón observando el campo de batalla - Batalla de Waterloo

El conflicto tuvo un importante escenario en el valle del Duero. Este marco geográfico constituyó para Bonaparte y sus mariscales un espacio necesario para acceder a Portugal y para la sucesiva ocupación de toda la península. Por ello, el valle del Duero, tanto en sentido norte-sur como, muy especialmente nordeste-suroeste, se convirtió en un eje estratégico de primera magnitud. El itinerario más asequible desde Irún a Lisboa discurría, en su parte española, por tierras de la meseta de Castilla, el cual tras la salida de Burgos se dirigía hacia el suroeste (Torquemada, Palencia, Valladolid, Salamanca y Portugal). El eje Burgos – Ciudad Rodrigo – Almeida marcó el signo de la ocupación francesa de la meseta.
Tras el paso de Pancorbo, Burgos era la primera capital del vasto territorio que las fuerzas galas debían recorrer. A partir de 1807, numerosas oleadas de tropas francesas transitaron durante seis años en dirección sur por la cuenca del valle del Duero. Pero el recorrido en dirección inversa fue también sustancial durante la guerra. Los soldados galos se vieron obligados en tres ocasiones a cruzar en dirección norte la misma cuenca hidrográfica. La primera después de la derrota francesa de Bailén, el 18 de julio de 1808, cuando el rey José Bonaparte se vio forzado a abandonar Madrid y salir con su ejército hacia el norte, llegando incluso a desalojar Burgos, el 22 de septiembre de 1808.
Cuando en noviembre de aquel mismo año, los ejércitos franceses regresaron a la cuenca del Duero, acompañados del mismísimo Napoleón, inflingieron severas derrotas a los españoles y ocuparon inexorablemente todo el territorio castellano. No fue hasta 1812 cuando la situación volvió a invertirse y los ejércitos napoleónicos tuvieron que evacuar de nuevo el valle del Duero debido a la victoria de Wellington en la batalla de los Arapiles el 22 de julio.
En su persecución, los aliados llegaron de nuevo hasta Burgos, pero fueron rechazados ante la dura resistencia del general francés Dubretonal mando de un modesto contingente de 3.000 soldados franceses parapetados en el viejo castillo burgalés. La derrota de Wellington en Burgos supuso un retroceso de los aliados hacia Salamanca, Ciudad Rodrigo y las posiciones portuguesas.
Finalmente, en la primavera de 1813, los franceses volvieron a avanzar por la meseta castellana, Wellington supo aprovechar la oportunidad que se le ofrecía para marchar en persecución de los franceses que se replegaban huyendo hacia el norte atravesando de nuevo la cuenca del Duero. Aquella fue la oportunidad esperada y la que liberó definitivamente el territorio del Duero y el resto de la península de los ejércitos franceses.
Recorriendo el campo de batalla
Siguiendo los pasos de Wellington en Castilla y León
Recreación de batalla entre las tropas francesas y aliadas.